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Asociación Cultural en la que participamos vecinos y vecinas de Lándraves ( Burgos) con el fin de compartir actividades culturales y recreativas. Pretendemos, también, profundizar en el conocimiento del entorno y difundir la riqueza natural de la zona

domingo, 16 de septiembre de 2012

RELATOS DE LÁNDRAVES. "HAY VIDA EN LA TURBINA"

De Gerardo González Ruiz
Para Pepe, el del molino
 
 
   Al principio, por muchas vueltas que le dieron, nadie se explicaba cómo un bicho tan grande había conseguido entrar en la cámara de la turbina. Cuando Pedro levantó la compuerta con intención de revisar una maquinaria que llevaba meses parada se llevó un susto de muerte. Al verlo bajar por la escala de hierro que daba acceso a la balsa, la fiera también debió de llevarse su buen julepe porque comenzó a revolverse y a chapotear con violencia provocando turbulencias en el agua que pillaron por sorpresa al hijo del molinero obligándole a remontar la escalera a toda prisa y a dejar caer el cierre de madera dando un sonoro portazo. Abandonó la sala de molienda en estado de evidente agitación encaminándose con prisa hacia la vivienda. “Ahí abajo, metido en la poza, nadando entre las palas de la turbina, hay un bicho muy grande”. Las mujeres que trasteaban en la cocina le miraron incrédulas. No podía ser, los accesos a ese lugar, tanto la entrada de agua desde arriba, desde el cuérnago, como el aliviadero de salida, permanecían cerrados por sólidos barrotes de hierro que impedían el paso de maleza y de intrusos a la dependencia donde estaba instalada la rueda que proporcionada energía a toda la maquinaria. Se evitaban así averías y accidentes. La madre, la esposa y la hija de Pedro al percatarse de la excitación que embargaba al hombre comprendieron de inmediato que este no bromeaba. Benigno, el anciano molinero, que fumaba pensativo sentado en el banco de madera, no mostró curiosidad alguna, ni siquiera levantó la cabeza.¿ “Y qué puede ser”?, preguntó Marga. “No he tenido tiempo de verlo, entra poca luz en el pozo. Al notar mi presencia ha comenzado a dar zamarcazos en el agua. Yo también me he asustado y he salido a escape. Solo puedo deciros que es grande, una nutria o una culebra corpulenta”. “No es posible”. “Pues os digo que ahí está. Debiéramos ir y sacar a esa alimaña”. Pedro sale un momento y regresa escopeta en mano, abre el arma e introduce en los cañones un par de cartuchos que saca del bolsillo. “Traeros también una linterna”. Antes de salir la abuela arrampla con un cuchillo de cocina que extrae del cajón de la mesa. En actitud algo depresiva, el viejo Benigno, ni se mueve de su asiento, sabe bien que toda esa parafernalia es innecesaria para dar captura a una trucha.

   Benigno, el molinero, conoce la presencia del pez, allá bajo, desde hace años. Debió colarse por entre el enrejado siendo un alevín. Al pececito debió de gustarle la guarida por lo que decidió quedarse, el instinto le decía que una celda tan bien blindada como aquella le mantenía protegido, a salvo de los merodeadores que husmeaban a toda hora por las orillas del río, pescadores incluidos. En un principio debió de alimentarse a base de larvas y de los escasos insectos que entraban en el habitáculo arrastrados por la corriente. Cuando el molinero se percató de su presencia había adquirido ya un tamaño regular. Hacía de eso cuatro o cinco años; el pez todavía habría podido salir entre los barrotes, pero decidió quedarse. Cuando Benigno soltaba el freno para iniciar la molienda, la trucha buscaba refugio en el remanso que se formaba en un rincón junto a la compuerta, eludía así acabar despedazada por el amenazador giro de las palas. Pasó el tiempo, creció y ya no tuvo más remedio que adaptarse al habitáculo. Cada tarde, acabada la faena, Benigno levantaba la trampilla y afilando la mirada buscaba a la trucha entre la penumbra. Con el ingenio mecánico detenido el animal salía de su refugio y daba vueltas en torno al eje en busca de una comida escasa para su tamaño. El molinero empujaba entonces por el hueco las barreduras de polvo blanco que habían quedado sobre el entablado al acabar el trabajo. Otras veces sacudía por la trampilla los restos de harina que quedaban en los sacos vacíos. Sobre las magras aguas en que nadaba la trucha se formaba una nata que la corriente arrastraba mansamente. Los días de fiesta, antes de subir a misa, el hombre se acercaba al molino, tomaba un puñado de harina de la tolva y lo lanzaba por la escotilla. «Ahí tienes compañera, no te vayas a quedar hoy sin tu rancho», le oía decir la trucha desde su cripta subterránea. Así hasta que se jubiló y el viejo molino, con su muela, su turbina, su eje, su tolva y sus poleas, se detuvo para siempre. Eso había ocurrido el otoño pasado, a poco de cumplir Benigno setenta y seis años…

   Pedro y las tres mujeres regresaron a la casa poco después. El hijo calzaba unas botas de caucho de esas que usan los pescadores y que llegan hasta la cadera. Venía empapado. De la mano, colgando por las agallas, traía una trucha, un pez grande y hermoso, de color verde oscuro, salpicado de ocelos rojos, que traía la boca abierta mostrando largas y amenazadoras filas de dientes. “Mire padre, este era el enigma”, comenta satisfecho depositando el cuerpo inerte de la trucha sobre la pila de fregar. Luego añade: “Andará por los tres kilos. Poco ha costado atraparla, no tenía donde ir. Vamos, no me joda usted, tener una bicha como esta bajo los pies y no haberse ni enterado…” Esa noche las gentes del molino cenaron pescado. Benigno no lo probó. Los demás, los que si comieron, se mostraron todos de acuerdo en que la carne de aquel pez tenía sabor a pan. 

(Gerardo González Ruiz)
 


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